La discutida y discutible Nación.
Joseba Arregi.
El Mundo (1-2-2012)
No será quien suscribe estas líneas el que prohíba a nadie referirse a España como nación ni hablar de nación española. En una España en la que los nacionalismos, sobre todo los periféricos, han impuesto un discurso público en el que la referencia a Euskadi y Cataluña como naciones que componen el Estado plurinacional es obligatoria, no es de recibo que no se pueda hablar de España como nación, de la nación española.
Al mismo tiempo, y puesto que es conveniente no
olvidar los demasiado cercanos tiempos en los que desde las más altas
instancias del Gobierno central se afirmaba que el concepto de nación es
«discutible y discutido», es preciso plantear el significado del término
nación, en este caso aplicado a España. Pues tan cierto como que el término es
discutible y discutido, es que se pueden y se deben distinguir algunas
definiciones de nación que ayudan a precisar el lenguaje y a hacer explícito el
sentido en el que se usa el término cada vez que se hace.
El término nación comienza a ser utilizado
políticamente con el liberalismo, con la revolución liberal en Europa. Por eso
es el concepto de nación en sus comienzos un concepto revolucionario. Como bien
explica José Álvarez Junco -Mater Dolorosa-, los problemas de España para
consolidarse como Estado nacional tienen que ver precisamente con las
dificultades de los conservadores para hacer suyo el concepto de nación, que,
por sus orígenes, les resultaba extraño. Cuando los conservadores hacen suyo el
término es cuando España da un salto importante en su consolidación como Estado
nacional.
Nación en el sentido liberal, revolucionario, es un
concepto eminentemente político. Define a una comunidad política. Es la
sociedad que se constituye en comunidad política para actuar como un sujeto
político colectivo en virtud de su propia voluntad, y que queda representada en
las instituciones decididas por la voluntad popular. Rompe con la encarnación
de la nación por el monarca, por el rey.
Esta dimensión política se da ciertamente en
sociedades que luego han sido culturalmente homogéneas, aunque en el momento en
que se constituyeron como comunidad política no lo fueran. Esta realidad,
ocultada por el devenir, convertido en mito, de Francia como paradigma del
Estado nacional, debe ser rescatada para entender lo que significa la nación
política: una comunidad en la que lo que une a quienes la conforman es la idea
de ser ciudadanos, sujetos de derechos, y no pertenecientes a una comunidad
lingüística o cultural. La Francia de la revolución francesa era una sociedad
en la que convivían más de 90 lenguas y patois, y hay quien afirma que la
definitiva homogeneización cultural y lingüística de Francia no se produce
hasta 1918, sobre la fuerza de la frase mort pour la patrie: habría sido la
experiencia de la Gran Guerra, como la siguen llamando los franceses, la que
habría hecho la homogeneidad de Francia y de los franceses.
Pero sí es importante tener en cuenta que la
experiencia española -la asunción por los conservadores del concepto
revolucionario y político de nación- es una experiencia europea, en la que el
concepto de nación se transforma al fusionarse con el segundo concepto de
nación que nace en la modernidad: con el concepto romántico de nación. Este
concepto subraya la comunidad de cultura y de lengua como lo constitutivo de
una identidad colectiva. Y si bien este concepto romántico, en un principio
-con Herder y Humboldt- era perfectamente compatible con una idea humanista y
cosmopolita de la política, se viste de una ropaje directamente político con
Fichte y sus Discursos a la nación alemana frente a la invasión napoleónica: un
concepto cultural de nación se dota de un significado político en el que las
dos tradiciones conceptuales de nación se fusionan para dar lugar a lo que el
historiador alemán Hagen Schulze -Estado y nación en Europa- denomina la nación
integral o imperial primero y luego total.
La comunidad política de la nación liberal es ahora
una comunidad en la que al ciudadano se le sobrepone y se le impone -el
imperialismo es de doble dirección, hacia fuera y hacia dentro de la propia
sociedad- una identidad cultural, un sentimiento de pertenencia colectiva
marcado por una misma lengua, una misma tradición, una misma cultura y una
misma identidad. Esta fusión de concepto político y de concepto cultural es
la semilla de la tragedia de Europa en el siglo XX.
La evolución de las sociedades democráticas europeas
después de la Segunda Guerra Mundial va en la dirección de superar esa fusión y
abrir posibilidades para que la identificación entre la identidad personal, la
pertenencia al grupo por medio de la misma lengua y de la misma cultura, y el
derecho de ciudadanía se ablande, se abra, de forma que, al igual que para
gozar de los derechos de ciudadanía no es necesario ni ser católico, ni ser
protestante, ni ser agnóstico o ateo, tampoco es necesario poseer una identidad
obligatoria, ni poseer un sentimiento de pertenencia obligatorio. Los derechos
humanos que están en la base de los derechos ciudadanos proclamados por
todas las constituciones democráticas lo son sin consideración de lengua,
cultura, identidad o sentimiento de pertenencia.
ESPAÑA ha hecho un gran camino, pese a todas las
críticas de los nacionalismos periféricos, en esta dirección, aunque nada hay
perfecto. El problema de España no reside tanto en la nación cultural española
sino en los nacionalismos periféricos que en lugar de superar el nacionalismo
español de finales del siglo XIX y de buena parte del siglo XX, lo mimetiza, lo
reproduce en los mismos defectos. Por eso, el problema del reconocimiento del
plurinacionalismo de España no está en el Estado, sino en los nacionalismos
catalán y vasco y el socialista vasco Jesus Eguiguren, que son incapaces de
pensar Euskadi y Cataluña como entidades a su vez plurinacionales.
Lo que suele suceder con estas dinámicas históricas es
que se refuerzan mutuamente. De la misma forma que los nacionalismos catalán y
vasco reproducen el nacionalismo de Cánovas -y lo siguen haciendo aún hoy,
aunque España ha cambiado radicalmente-, podría producirse que resurja un
nacionalismo español mimético a los nacionalismos periféricos, volviendo la
rueda a su estado inicial, algo que vendría muy bien a estos nacionalismos para
legitimarse.
Pero España no necesita volver a un nacionalismo
político-cultural cuando puede desarrollar un nacionalismo patriótico y un
patriotismo constitucional eminentemente político, que sin negar la existencia
y las grandezas -y miserias- de la tradición española, se enorgullece con razón
de la conquista política y democrática llevada a cabo con la Constitución de
1978 que implica su constitución como comunidad política integrando e
incluyendo distintas lenguas, identidades, culturas y pueblos. Nada más grande
que este nacionalismo político, que esta idea de Nación política superadora,
que no negadora, de identidades y culturas.
Como escribe acertadamente Maurizio Viroli -Por amor a
la patria-, nada hay más grande que estar orgulloso de las reglas, leyes y
normas que aseguran la convivencia de los distintos individuos en paz. Eso es
la nación política, eso es la democracia, esa la gran cultura constitucional
que nace con la revolución francesa y para cuyo abandono no existen razones de
peso.
Esperemos que quienes empiezan a hablar ahora con
fuerza de recuperar el discurso de la nación española sepan lo que están
haciendo y tengan en cuenta la tradición europea de la que provenimos, con sus
grandezas y con todas sus miserias, que tengan en cuenta que las grandezas
están unidas al concepto de nación política, y que sus muchas miserias se deben
a la trágica unión de los dos bien distintos conceptos.
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