Es la educación, estúpidos
Alicia Delibes.
El Mundo (4-6-2012).
.
No es fácil
establecer con claridad la relación entre el sistema educativo de un país y su
situación económica, pero en estos momentos se observan algunos datos que
hablan por sí solos. Portugal, Italia, Grecia y España son los países de la UE
que sistemáticamente se disputan los últimos puestos del ranking de la
evaluación PISA y, curiosamente, son también los peor colocados en desempleo de
sus jóvenes. Frente a una tasa media del 22,6% de paro juvenil en el conjunto
de la Unión, Italia presenta un 35,9%, Portugal un 36,1% y España y Grecia
superan el 50%.
Otro dato
interesante: sólo tres países de la UE tienen menos del 10% de la población
menor de 25 años en paro. Son Alemania, Austria y Holanda, que precisamente
tienen un sistema de enseñanza secundaria obligatoria distinto al de la mayoría
de los restantes países europeos.
Para
comprender bien esta diferencia es preciso explicar sucintamente la historia de
la educación en la segunda mitad del siglo XX. Cuando después de la Segunda
Guerra Mundial las economías europeas comenzaron a recuperarse, los gobiernos
se plantearon la necesidad de extender la enseñanza media a toda la población.
Esa universalización de la enseñanza secundaria podía hacerse siguiendo dos
direcciones. Una consistía en ofrecer, después de la primaria, distintas
opciones de acuerdo con los intereses y las capacidades demostradas por los
escolares; la otra, en prolongar la enseñanza básica todo el tiempo que fuera
económicamente posible, sin establecer distinción alguna en función de dichas
capacidades.
Para la
filósofa alemana esa obsesión por la uniformidad de los programas de enseñanza
media tenía que ver con el particular concepto que los norteamericanos tenían
de la igualdad. En su opinión, cuando los demócratas norteamericanos hablaban
de igualdad, pretendían ir más allá de la igualdad ante la ley y de la igualdad
de oportunidades: soñaban con alcanzar una igualdad intelectual. Arendt creía
que la cantidad de prejuicios que habían cristalizado en el establishment
educativo norteamericano impediría recuperar la sensatez y haría de la crisis
educativa un auténtico desastre nacional. Al mismo tiempo alertaba del peligro
de que el virus de ese igualitarismo pedagógico se extendiera a todo el mundo
occidental.
El sistema
norteamericano chocaba con el que, por aquel entonces, imperaba en Europa y la
gran filósofa alemana, en aquel artículo, citaba con admiración el caso de
Inglaterra, donde los niños de 11 años debían pasar un examen, y sólo aquellos
que lo aprobaban podían ir a alguna de las prestigiosas y exigentes escuelas
estatales de secundaria, las Grammar Schools. Pero los temores de Arendt no
tardarían en hacerse realidad. En 1964, en Inglaterra, los laboristas ganaron
las elecciones y el nuevo premier, Harold Wilson, nombró ministro de Educación
a Anthony Crosland, un hombre que se había distinguido por su feroz ataque al,
para él, aberrante e injusto sistema selectivo de las Grammar Schools porque,
en su opinión, permitía el ascenso social sólo a los niños más aplicados de las
clases trabajadoras. Crosland, fiel a sus principios, nada más ocupar su
Ministerio firmó una circular por la que se prohibía abrir nuevas Grammar
Schools en Inglaterra y se obligaba a que todas las escuelas de secundaria se
organizaran según el modelo de las llamadas Comprehensive Schools, a las que se
accedía directamente y sin necesidad de aprobar examen alguno después de
terminar la primaria y en las que se pretendía que todos aprendieran lo mismo.
Más tarde, ya
en los 70, y como consecuencia de las revueltas de mayo del 68, el modelo
norteamericano de secundaria que hoy en España llamamos comprensivo, junto con
un progresismo pedagógico fruto de la más absurda y antinatural combinación de
ideas anarquistas y maoístas que florecieron con la revolución, se extendió a
casi todos los países de Europa occidental.
España no
podía quedarse atrás en esa carrera por modernizar los sistemas educativos. La
Ley General de Educación de 1970, probablemente sin que sus elaboradores,
dentro de un Ministerio franquista, fueran conscientes de ello, ya se inspiró
en esos principios igualitarios de Crosland. Se prolongó la primaria dos años
más, se suprimieron los exámenes y se facilitó el acceso a la función docente,
eliminando la dureza de las antiguas oposiciones a cátedras de instituto y, con
ella, la garantía de una buena formación académica de los profesores. Los
socialistas de González, 20 años después, decidieron dar un paso más hacia el
desastre de la educación que con tan inteligente perspicacia Arendt había
pronosticado, y prolongaron hasta los 16 años la enseñanza básica, retrasando
la formación profesional y dejando un bachillerato reducido a dos cursos
escolares.
El pasado
septiembre, con el inicio del curso escolar, un artículo sobre educación
publicado por The Economist abría una pequeña puerta a la esperanza: «La crisis
económica ha hecho que casi todos los países occidentales se planteen la
necesidad de llevar a cabo una serie de reformas en el sector público. Quizás
sea en el campo de la educación donde las reformas resultan más complicadas y,
sin embargo, cada vez son más los países que se embarcan en tan complicada
empresa».
The Economist
analizaba el efecto positivo que ciertas reformas adoptadas por distintos
países de la OCDE habían tenido en los resultados obtenidos por los escolares
de 15 años en la evaluación PISA. Esas reformas tenían en común la recuperación
de ciertos elementos sobre los que hace unos años los pedagogos progresistas
tenían prohibido hablar, como son la disciplina, los exámenes o la autoridad
del profesor. Se estaba comprobando que los países que mejoraban sus resultados
habían establecido exigentes normas de conducta en los colegios, no permitían
que se cuestionara la autoridad del profesor, habían establecido exámenes
externos y, lo que era aún más importante, seleccionaban a los profesores con
mejor formación académica.
Reformas que
no cuestan dinero sino, más bien, coraje y esfuerzo. Los problemas económicos
no deben ser obstáculo para que España se incorpore al grupo de países que, con
dificultades pero con voluntad, han decidido abandonar cualquier prejuicio y
sectarismo que pueda impedirles implantar las necesarias reformas de sus
sistemas de enseñanza. De no hacerlo así, la crisis de la educación y con ella
la crisis económica se convertirán en un irreparable desastre nacional.
Alicia
Delibes es viceconsejera de
Educación de la Comunidad de Madrid y autora de La gran estafa.
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