La regeneración de la democracia española: que partidos y sindicatos vivan solo de las cuotas de sus afiliados
El Mundo 21/02/2012
LUIS MARÍA ANSON
«Los tres mejores cargos que se pueden
tener en el mundo -me decía ayer un diplomático de coña marinera- son: Papa,
Reina de Inglaterra y dirigente de UGT». Asombran los sueldos que los
representantes sindicales perciben como consejeros de Bancos, Cajas públicas y otras
instituciones. Acariciarse las bolas en un Consejo de Administración una vez al
mes, por 200.000 euros al año, supone un sacrificio heroico en defensa de los
trabajadores. Un centenar de dirigentes sindicales se multiplican por Cajas,
Bancos e instituciones públicas. Pero, con todo, no es eso lo más escandaloso.
José Ricardo Martínez, además de sacrificarse por 181.000 euros en Caja Madrid,
amén otras prebendas, resulta que, de confirmarse el dato, es un liberado
sindical desde hace 20 años. Paga una empresa pública y él no da golpe ¡Qué
tío! Veinte años cobrando y sin dar un palo al agua, menudo chollo. Se dedica,
eso sí, a vociferar en las manifestaciones y a vivir como un duque del siglo
XVIII.
Siento un profundo respeto y una
admiración creciente por Marcelino Camacho y su gran obra sindical. También por
Nicolás Redondo. Me repugna comprobar que los ejemplares sindicatos por ellos
organizados y que facilitaron la Transición se han convertido en un negocio y
en agencias de colocación en favor de parientes, paniaguados, amiguetes y
enchufados de los dirigentes sindicales. El escándalo es mayúsculo. Los
sindicatos no pelean ya por los intereses de los trabajadores sino por los
intereses económicos de las propias centrales sindicales. Se justifican imponiendo
exigencias excesivas que han arruinado a decenas de millares de empresas. Como
ha demostrado José Luis Feito, presidente del Instituto de Estudios Económicos,
«las centrales sindicales, con un sindicalismo a veces decimonónico, nos ha
conducido, en gran parte, a un paro demoledor».
Casi cuarenta años después, la admirable
democracia española de la Transición se ha viciado y precisa de una profunda
regeneración, tal y como exigen los sectores más responsables de las nuevas
generaciones. Esa regeneración pasa por una limitación legal de los ingresos de
los sindicatos y los partidos políticos, financiados hoy al 90% con dinero
público, que se despilfarra, por cierto, sin tino ni tasa. La regeneración de
la democracia española está pidiendo a gritos una ley que reduzca los gastos de
partidos y sindicatos a lo que ingresan por las cuotas de sus afiliados. Llevo
varios años reiterando esta propuesta y me complace comprobar que ha sido
asumida por Rosa Díez y su partido. Hay que terminar con el maná de las subvenciones,
los patrocinios, las prebendas, a costa del dinero de los contribuyentes,
sangrados hasta la hemorragia por los gobiernos municipales y autonómicos, amén
del central. Aparte de las asignaciones directas e indirectas que enriquecen a
partidos y sindicatos, los ciudadanos les pagan también por cada elector, por
cada voto conseguido, por diputados y senadores elegidos, por correo y
publicidades electorales, por la biblia encuadernada en pasta, y nunca mejor
dicho, lo de la pasta, claro.
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