martes, 21 de noviembre de 2023

Si yo fuera oposición

 Si yo fuera oposición

A veces las cosas tienen que ponerse muy feas para que empiece a vislumbrarse su solución. Y la situación en España es penosa por obra y gracia de un partido socialista desfigurado y desnortado. Mientras el socialismo esté en manos de su actual líder las cosas irán a peor y puede llegar a ser un partido inane. El momento donde puede empezar su verdadero declive, que le haga difícil gobernar todavía más, será a partir de las próximas elecciones europeas. Su descalabro puede ser monumental.


A la vista de este posible panorama si yo fuera oposición tendría en cuenta dos cuestiones fundamentales. La primera va dirigida al Partido Popular, a fin de que no repita el lamentable espectáculo que dio antes del 23-J con sus actuaciones en Extremadura y Murcia, que, muy probablemente, le han costado la posibilidad de gobernar. La segunda va dirigida a Vox para que no tense la cuerda con propuestas maximalistas o extemporáneas. Ambos partidos están condenados a entenderse mientras no haya una sola voz en el centroderecha. Mientras tanto habrá tiempo para que el socialismo se regenere algún día con un nuevo liderato que le haga ser creíble y sea consecuente con su auténtico ideario.


Nadie sobra en España si reina el sentido común y el respeto a las leyes. Necesitamos partidos fuertes, coherentes con sus idearios y honestos.

José María Ugarte Alonso (El Debate 20-11-2023)

jueves, 16 de noviembre de 2023

¿Ser reaccionario?

 Si Sánchez te llama «reaccionario» es un honor


Luis Ventoso (extracto del artículo de El Debate 16/11/2023)


La primera norma de una democracia es respetar el derecho a existir del contrario. Sánchez, que alberga alma de autócrata, no respeta ese principio, hasta el extremo de que alardea en sede parlamentaria de estigmatizar a todo aquel que no piensa como él. ¿Reaccionarios? Veamos:

-Si ser reaccionario consiste en apoyar la unidad de España y el natural y lógico aprecio por tu país, yo soy un reaccionario.

-Si ser reaccionario es defender el orden constitucional y oponerse a que se reescriba la Carta Magna vigente con procedimientos tramposos que no son los legalmente establecidos, yo soy un reaccionario.

-Si ser un reaccionario alude a que te desasosiega que un pistolero separatista (Otegui), un golpista separatista (Junqueras) y un fugitivo separatista (Puigdemont) estén decidiendo el futuro de España, yo soy un superreaccionario.

-Si ser un reaccionario estriba en defender la separación de poderes y la independencia de los jueces, yo soy un reaccionario.

-Si ser un reaccionario va de rechazar que se rompa la igualdad entre españoles regalando a catalanes y vascos privilegios políticos, legales y económicos, yo soy un gran reaccionario.

-Si ser un reaccionario consiste en defender la aportación crucial de la familia tradicional, la valía del legado cristiano y en creer que situarse a favor de la vida es mejor y más humano que la apología ideológica de la muerte, entonces anótenme en la lista negra del PSOE: soy un reaccionario.

-Si ser reaccionario es apoyar a las empresas, la libertad económica y una fiscalidad razonable, no confiscatoria, soy un reaccionario.

-Y si ser un reaccionario es creer que hay que respetar las normas no escritas de una democracia, las sentencias judiciales, la libertad de prensa y opinión y la instituciones públicas que son de todos los españoles, pues también ahí me han pillado: soy un reaccionario.

En resumen, un honor que un personaje de las características de Sánchez te llame «reaccionario». Una medalla a la libertad.

sábado, 4 de noviembre de 2023

El fascismo del PSOE

El fascismo del PSOE

 José F. Peláez (ABC 4-11-2023)

 Lo primero que hemos de entender –y cuanto antes– es que hemos perdido ¿Quiénes? Nosotros, los buenos, los civilizados, los del lado de la razón, de la sofisticación intelectual y moral, los que creemos en la libertad política y los que defendemos que el límite de todos ha de ser el mismo, es decir, la ley, que emana del pueblo. En este lado hay, por supuesto, personas de derechas y de izquierdas, como también en el lado de los malos. No es un tema ideológico. Esto ya se juega en otro lugar muy por encima y se limita a respetarlas reglas, la Constitución como norma suprema, defender la democracia, las instituciones, los límites y los procedimientos. Todo eso está ya superado. Seguir aferrados al delirio del 78 cuando el PSOE lo ha abandonado solo nos llevará a la frustración, que es la madre de la melancolía, como ese pobre hombre que se abraza a la foto de una mujer que le ha puesto los cuernos, que lo ha abandonado y que lo desprecia públicamente hasta que viene un amigo, le coge de las solapas y le grita a la cara: «Que te olvides de ella, que no te quiere». El PSOE no nos quiere. No quiere a España, no quiere a sus votantes, no quiere a la Constitución y no quiere al Estado de derecho. No quiere tampoco a la separación de poderes. Y no solo por la vía de hecho –esa colonización del legislativo y el judicial por parte del ejecutivo– sino por la de derecho –la amnistía es, como dijo Carmen Calvo, «algo no planteable en un Estado democrático ya que supone la supresión del poder judicial»–. El PSOE no es ya un partido plenamente democrático y se sitúa en los márgenes del sistema. Su deriva es total y creo que ya podemos empezar a catalogarlos, sin miedo, como un partido enemigo del estado de derecho y no asimilable a la socialdemocracia europea sino al populismo sudamericano. Aunque no solo a ellos. El PSOE tiene hoy algo de fascista, puede que por ósmosis de la Esquerra, el único partido plenamente fascista que ha existido en España. Porque el falangismo fue otra cosa, una corriente del socialismo no marxista de inspiración nacional-sindicalista. Sin embargo, este autoritarismo del PSOE, su exaltación de valores vacíos y de mentiras para movilizar a la masa, el culto al líder, su control de los medios, su negación del disenso, su deslegitimación de la oposición y su lucha contra la alternancia en nombre del pueblo, es algo puramente fascista. No les digo ya ese discurso que viene a decir a la gente que se limiten a comer y a pagar las letras y que no se metan en política. El PSOE está en el discurso de '25 años de paz'. Y reconoce que rinden el Estado de derecho porque les conviene. Y el TC, en el cénit de su desprestigio, pasará a la historia negra de España al permitir el derrumbe del sistema. Con la deserción del PSOE el 78 ha caducado. Y yo ya solo le pido a Sánchez que se deje bigotillo. Y al resto del 'Gran Consiglio' que sonrían para salir guapos en la foto de los libros de Historia. Esos que, un día, leerán con vergüenza sus nietos.

Cuerpos y almas

Cuerpos y almas

Pedro García Cuartango (ABC 4-11-2023)

Las páginas han adquirido un color amarillento. Pero el papel es grueso y de calidad. Leo un artículo de Jean Bastaire en la revista 'Esprit', fechado en enero de 1957, que guardo en mi biblioteca. Se titula 'De la honte' y habla sobre la vergüenza que sentía su autor por la posición del Estado francés en el conflicto de Argelia.

Esta frase me conmueve: «Ninguna catástrofe se ha inscrito jamás en los hechos. Todas están inscritas en los corazones. Diría mejor: en las almas». Y censura las decisiones que se adoptan en el contexto de una mística nacionalista que carece de cualquier justificación racional y que nada tiene que ver con los principios.

Las palabras de Bastaire, intelectual católico y amigo de Mounier, aportan la clave de lo que está sucediendo en la desdichada negociación con el independentismo. Siguiendo su metáfora, la catástrofe está no tanto en la literalidad de los acuerdos como en la actitud de Sánchez y los dirigentes del PSOE, que asumen la lógica de la impunidad de unos pocos y la claudicación del Estado. Dicho con otras palabras, lo relevante es la humillación que se interioriza.

Los socialistas aceptan en su pacto con ERC la basura ideológica de que existe un conflicto entre el orden constitucional y la «legitimidad popular». Frente a las instituciones y la soberanía nacional, se adopta una terminología que alienta al independentismo a actuar de forma unilateral, con absoluto desprecio de las leyes y los tribunales.

No hay ningún proyecto político en los acuerdos de Sánchez para la investidura. Lo que hay, y vuelvo a Bastaire, es una actitud de renuncia a ideas y principios por el puro afán de mantenerse en la Moncloa. Esto es lo que debilita su posición frente a Puigdemont y le coloca a merced de sus exigencias.

No puedo evitar ese sentimiento de rechazo a una concepción de la política que ensalza una voluntad de poder que se impone a cualquier convicción o coherencia. Sánchez no tiene ni una ni otra cosa. Sólo alberga la ambición de seguir gobernando sin importar el precio. Su discurso es inane y vacío, sus contradicciones son flagrantes, sus palabras no valen nada.

Maquiavelo sostenía que la finalidad del poder es el propio poder. No hay en su filosofía política ninguna justificación ética o ideológica. Sánchez es el príncipe maquiavélico en estado puro porque todas sus acciones se inscriben en esa lógica en la que pesa el instinto de supervivencia y no los principios.

Esta es la peor de las corrupciones: la del espíritu, la que sacrifica la utopía a la voluntad de poder de los gobernantes. Por eso, Bastaire tiene razón: la catástrofe se produce en el interior de las almas. Y eso resulta paradójico porque revela que los hombres se corrompen no por las circunstancias externas o un fin superior sino por mera ambición.



viernes, 3 de noviembre de 2023

Los santos difuntos españoles

 Los santos difuntos españoles

Mayte Alcaraz (El Debate 3-11-2023)

Ya está lista la estocada final al Estado de derecho, a falta de que Puigdemont decida cuándo nos remata. La muerte de nuestros derechos como ciudadanos se perpetró ayer cuando los enterradores Bolaños e Illa echaron las penúltimas paladas sobre nuestros derechos firmando el traspaso de las Cercanías catalanas y la condonación del 20 por ciento de la deuda, unos 15.000 millones de euros, para contentar a los de ERC, celosos de que el cobarde que se escapó mientras ellos iban a la trena se lleve todos los méritos del descuartizamiento del Estado.

Todo ocurría el día de los santos difuntos, el día en que los españoles nos encaminamos a perder la tutela judicial según la cual todos somos iguales ante la ley y nadie por razón de procedencia, nacimiento o situación social o económica está por encima de nadie. El día en que se ha consagrado un principio que destruye la igualdad entre españoles: solo siendo catalanes podremos elegir a delincuentes como gobernantes, solo siendo catalanes seremos premiados si nos saltamos la ley, solo siendo catalanes nos perdonarán la hipoteca de nuestros excesos identitarios, solo siendo catalanes nos permitirán desvertebrar la red ferroviaria de nuestro país, solo siendo catalanes pondremos al Estado hincado de hinojos. Luego vendrán los vascos para recoger las nueces.
Desde ahora malversadores, golpistas y prófugos de la justicia, si provienen de la arcadia catalana, tendrán un certificado de penales limpio como la patena, sin mácula alguna, como Pedro Sánchez su despensa de escrúpulos. Todo para que nadie recuerde ya, merced a la ley de amnistía, que gastaron dinero de todos en su patraña separatista, que declararon la independencia de una parte del territorio español o que se marcharon escondidos en un coche para evitar que la justicia los impugnara. Adalides de la libertad apellidados Puigdemont, Comín, Junqueras o Forcadell podrán pasearse felices por las calles de Cataluña sabedores de que han conseguido sin mover el flequillo en Waterloo, lo que un puñado de asesinos no lograron poniendo bombas, disparando en la nuca de inocentes, echando de su tierra a miles de vascos y extorsionando a otros tantos: someter al Estado español. Únicamente han debido tener paciencia para esperar a que llegara a la presidencia del Gobierno de la España que odian un sujeto con el tragadero de la inmoralidad más grande que el de los tiburones de La Habana, el más débil presidente de la democracia (jamás ha superado los 123 escaños de 2019) y con la ambición más descomunal y tóxica de Europa.
Ese grupúsculo de catalanes de rancia estirpe, a los que nada menos que el Tribunal Supremo de la cuarta economía europea mandó a la cárcel por sus gravísimos delitos, ostentarán una suerte de certificado de heroicidad por haber sido represaliados por un régimen dictatorial español, cuyo Código Penal de 1995 era la traslación misma de los principios del fascismo. Eso han defendido siempre y eso se les ha reconocido. Cuando un magistrado cualquiera o un funcionario de tráfico les quiera empurar por cualquier infracción, siempre podrán argüir que si fueron exonerados por lo más grande por qué les van a pedir cuentas por un juicio de faltas o un delito contra la seguridad vial. «Usted no sabe con quién está hablando. Yo estoy apadrinado por Pedro Sánchez», se ufanarán.
A los santos difuntos españoles que no hemos nacido en Santa Coloma o Badalona, y sí en Totana, Arnedo, el barrio del Príncipe, Porriño o Lluchmajor, solo nos queda aflojar el bolsillo cuando Sánchez nos suba los impuestos para condonar la deuda de los malversadores y prepararnos para que la siguiente cesión sea convocar una consulta de autodeterminación. De nada servirá que jueces, fiscales, letrados, constitucionalistas y hasta socialistas decentes hayan puesto el grito en el cielo. La convivencia en Cataluña bien vale matar los derechos de todos, incluidos los de más de cuatro millones de catalanes que no tragan con esta inmoralidad y se sienten orgullosos de ser españoles. El incumplimiento de la ley de impunidad tiene tantas virtudes que habrá que hacer de ello la necesidad de saltarse todos los informes preceptivos como los del consejo fiscal, del CGPJ y del Consejo de Estado presentándola como proposición de ley. Los trucos de trilero los conocen a la perfección en Moncloa.
Inmune a la coherencia, a la ética, y con un entendimiento de la política banal y oportunista, Pedro Sánchez ya acaricia el pasaporte para pasar otros cuatro años en La Moncloa, y no serán los últimos, ya lo verán. La tormenta perfecta: su indecencia política e intelectual, que le desvincula emocionalmente de cualquier compromiso con la verdad y la defensa de su país, coincide con el incomprensible desentendimiento ciudadano ante la falta de palabra de sus dirigentes. Solo queda la Corona, un par de partidos, cuatro medios de comunicación, un grupo de jueces (en el Supremo, muchos) y once millones de ciudadanos que no capitularán su patriotismo y que están dispuestos a desgañitarse en la calle, aunque se los lleve por delante la ciclogénesis. No es mucho frente a todo el aparato de poder sanchista y su colonización de las instituciones, pero todavía es algo.
Cuando escuchemos el clamor de las campanas de Hemingway, no habrá que preguntarse por quién doblan, sabremos todos que es por nosotros, por los santos difuntos españoles.