La dinámica de la insatisfacción
JOSEBA ARREGI
Extracto del artículo publicado en EL CORREO (01/07/14)
La política democrática era, entre otras cosas,
el esfuerzo por establecer criterios objetivos con capacidad de regular la
convivencia en libertad de los individuos tan diferentes entre sí. Resulta que
la política está dominada, no por los criterios objetivos que garantizan la
convivencia en libertad, sino por los deseos y los sentimientos convertidos en
derechos subjetivos con exigencia de correspondencia y satisfacción.
El resultado es que ninguna política está en
condiciones de satisfacer los deseos y los sentimientos de los ciudadanos.
Máxime si los líderes políticos ellos mismos se erigen en portavoces del deseo
y del sentimiento, en portavoces autorizados de la insatisfacción.
Recientemente los medios citaban al lehendakari
Urkullu diciendo que la falta de reacción por parte del presidente Rajoy a los
planteamientos de los nacionalistas vascos estaba produciendo insatisfacción en
la sociedad vasca. Pero esta
insatisfacción de la que habla el lehendakari Ukullu es la insatisfacción del
deseo nacionalista, un deseo que nunca alcanza estado de satisfacción en
ninguno de los estadios alcanzados.
El nacionalismo es víctima de la dinámica de la
insatisfacción, pues su objeto está siempre más allá, o en otro rincón del
laberinto, que aquel alcanzado en cada momento. Es lo que pone de manifiesto
por medio del recurso al término actualización: los derechos históricos y su
constitucionalización son, en opinión del nacionalismo vasco, legitimación
suficiente para exigir siempre una nueva
actualización, sin que nadie sepa cuál es, si es que existe, la última actualización, la
actualización definitiva. Siempre puede haber una más.
En estas
condiciones el diálogo, por mucho que se recurra a él, se proclame la
disposición a ejercerlo y se reclame del otro, es imposible. Se puede dialogar si se conoce la meta, si se conoce
la disposición a objetivar el contenido del deseo, si se sabe en qué consiste
lo que se plantea, de forma que el otro pueda establecer una estrategia de
cuánto está dispuesto a dar a cambio de lo que recibe. Pero el nacionalismo, de acuerdo con la
dinámica de insatisfacción propia a su deseo, solo plantea lo que quiere, lo
que desea, expresa y pone de manifiesto su insatisfacción. Pero nunca dice lo que está dispuesto a dar.
Si el lehendakari Urkullu dice que lo que persigue
con la ponencia parlamentaria de reforma del Estatuto o ponencia para buscar un
nuevo estatus de relación con España –ambigüedad estructural necesaria para
poder declarar insatisfacción futura– es un acuerdo entre nacionalistas y no
nacionalistas en Euskadi para luego reclamar respeto de Madrid a ese acuerdo,
incluye al otro de la sociedad vasca excluyendo del acuerdo –imponiéndoselo– al
otro de fuera de la sociedad vasca.
Pero olvida que no puede separar a su gusto los
dos otros: el otro interno a la sociedad vasca es al mismo tiempo externo, pues
se entiende en relación e integración, al menos parcial, con el otro externo.
Pacto interno y externo se necesitan y suponen mutuamente. No puede haber
aceptación del no nacionalismo presente en la sociedad vasca sin aceptación de
que España, Madrid, es también interior a la sociedad vasca. Por eso, el
diálogo que proclama querer el nacionalismo vasco debe decir lo que está
dispuesto a dar: más autogobierno y nueva relación a cambio de qué –¿lealtad
constitucional?–, pues de otra manera es un diálogo consigo mismo y su
insatisfacción permanente.
Afirmar voluntad de respetar el pluralismo de la
sociedad vasca y al mismo tiempo querer reformar la Constitución por la puerta
de atrás, reformando el Estatuto, es vulnerar todas las reglas necesarias para
un diálogo democrático.
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