viernes, 6 de febrero de 2015

La dinámica de la insatisfacción.



La dinámica de la insatisfacción


JOSEBA ARREGI


Extracto del artículo publicado en EL CORREO (01/07/14)


La política democrática era, entre otras cosas, el esfuerzo por establecer criterios objetivos con capacidad de regular la convivencia en libertad de los individuos tan diferentes entre sí. Resulta que la política está dominada, no por los criterios objetivos que garantizan la convivencia en libertad, sino por los deseos y los sentimientos convertidos en derechos subjetivos con exigencia de correspondencia y satisfacción.
El resultado es que ninguna política está en condiciones de satisfacer los deseos y los sentimientos de los ciudadanos. Máxime si los líderes políticos ellos mismos se erigen en portavoces del deseo y del sentimiento, en portavoces autorizados de la insatisfacción.
Recientemente los medios citaban al lehendakari Urkullu diciendo que la falta de reacción por parte del presidente Rajoy a los planteamientos de los nacionalistas vascos estaba produciendo insatisfacción en la sociedad vasca. Pero esta insatisfacción de la que habla el lehendakari Ukullu es la insatisfacción del deseo nacionalista, un deseo que nunca alcanza estado de satisfacción en ninguno de los estadios alcanzados.
El nacionalismo es víctima de la dinámica de la insatisfacción, pues su objeto está siempre más allá, o en otro rincón del laberinto, que aquel alcanzado en cada momento. Es lo que pone de manifiesto por medio del recurso al término actualización: los derechos históricos y su constitucionalización son, en opinión del nacionalismo vasco, legitimación suficiente para exigir siempre una nueva actualización, sin que nadie sepa cuál es, si es que existe, la última actualización, la actualización definitiva. Siempre puede haber una más.
En estas condiciones el diálogo, por mucho que se recurra a él, se proclame la disposición a ejercerlo y se reclame del otro, es imposible. Se puede dialogar si se conoce la meta, si se conoce la disposición a objetivar el contenido del deseo, si se sabe en qué consiste lo que se plantea, de forma que el otro pueda establecer una estrategia de cuánto está dispuesto a dar a cambio de lo que recibe. Pero el nacionalismo, de acuerdo con la dinámica de insatisfacción propia a su deseo, solo plantea lo que quiere, lo que desea, expresa y pone de manifiesto su insatisfacción. Pero nunca dice lo que está dispuesto a dar.
Si el lehendakari Urkullu dice que lo que persigue con la ponencia parlamentaria de reforma del Estatuto o ponencia para buscar un nuevo estatus de relación con España –ambigüedad estructural necesaria para poder declarar insatisfacción futura– es un acuerdo entre nacionalistas y no nacionalistas en Euskadi para luego reclamar respeto de Madrid a ese acuerdo, incluye al otro de la sociedad vasca excluyendo del acuerdo –imponiéndoselo– al otro de fuera de la sociedad vasca.
Pero olvida que no puede separar a su gusto los dos otros: el otro interno a la sociedad vasca es al mismo tiempo externo, pues se entiende en relación e integración, al menos parcial, con el otro externo. Pacto interno y externo se necesitan y suponen mutuamente. No puede haber aceptación del no nacionalismo presente en la sociedad vasca sin aceptación de que España, Madrid, es también interior a la sociedad vasca. Por eso, el diálogo que proclama querer el nacionalismo vasco debe decir lo que está dispuesto a dar: más autogobierno y nueva relación a cambio de qué –¿lealtad constitucional?–, pues de otra manera es un diálogo consigo mismo y su insatisfacción permanente.
Afirmar voluntad de respetar el pluralismo de la sociedad vasca y al mismo tiempo querer reformar la Constitución por la puerta de atrás, reformando el Estatuto, es vulnerar todas las reglas necesarias para un diálogo democrático.

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