El terror que no existió
EL CORREO 19/06/13
ANTONIO ELORZA
ANTONIO ELORZA
En Euskadi hubo terrorismo, violaciones de derechos
humanos ligadas al antiterrorismo y otras por causa de la dictadura. Fundir
todo en una amalgama determina una lectura falseadora.
Los conceptos políticos tienen por objeto dar cuenta
de una realidad, cuya percepción resultaría deformada en el caso de ser
descrita mediante términos inadecuados. Un caso particularmente grave, y
frecuente, de esa deformación consiste en el recurso a eufemismos o a conceptos
sustitutivos que responden a una opción previa orientada a impedir el
conocimiento, o a dirigirlo hacia fines políticos particulares. El pensamiento
clásico chino supo expresar muy bien los efectos sociales de tal desviación:
«Lo esencial es que las designaciones sean correctas –explicaba Confucio–; si no
son correctas, las palabras no son adecuadas, los asuntos (de Estado) fracasan
y las sanciones y los castigos no pueden ser justos; y si no son justos, el
pueblo no sabe cómo actuar».
La advertencia resulta del todo pertinente a la hora
de valorar el llamado Plan de Paz y Convivencia impulsado desde el Gobierno
Urkullu, y a la vista de su primer producto, el que llamaríamos ‘Informe
Uriarte’ por su presentador. Para empezar, la dimensión teleológica, la
‘reconciliación’ tal como es vista desde el nacionalismo, es puesta por encima
del conocimiento de la realidad; dicho de otro modo, la carreta por delante de
los bueyes. A la vista de la colocación en puestos clave de personalidades bien
definidas en su equidistancia, como Jonan Fernández o el obispo Uriarte, todo
cuanto va sucediendo era de esperar. La sociedad vasca ansía cerrar el capítulo
del terrorismo. ¿Qué solución mejor que diluir su presencia histórica?
Las palabras clave para el encubrimiento son ‘paz’,
‘violencia’ y ‘derechos humanos’. ‘Paz’ suena bien, nadie la rechaza como
objetivo. Solo que en Euskadi no había guerra, salvo que aceptemos que lo de
ETA fue ‘lucha armada’. Hubo terrorismo, y hubo contraterrorismo. No se trata
de firmar ‘la paz’, sino de que el terror desaparezca por siempre y la reconciliación
sea el fruto de ese final. ‘Paz’ supone hoy equidistancia entre terrorismo y
Estado de derecho. Y de esos polvos salen los siguientes lodos.
‘Violencia’. Claro que el terrorismo es una forma específica de
violencia, pero no es reductible a otras. Un abertzale quería partirme la cara:
eso es violencia. Si quería matarme, por orden de ETA, eso es terrorismo. No
cabe confundir ambas cosas. El terrorismo es una táctica consistente en la
ejecución de una serie de acciones puntuales de violencia, con un grado de
intensidad capaz de provocar muertes y/o importantes destrucciones, desde una
organización críptica –aunque su base sea el Estado– y con la finalidad de
alcanzar un objetivo, ejerciendo un efecto de intimidación sobre el adversario.
ETA y los GAL son organizaciones terroristas, no solo violentas, y la matriz de
la espiral de ‘violencia’ de Euskadi en todas sus formas tiene un único origen:
ETA. Represión franquista hubo en toda España. Solo en Euskadi asumió la
dimensión trágica de destruir sistemáticamente vidas humanas en función de una
religión política del odio.
Otro tanto sucede con los ‘derechos humanos’, si como la ‘violencia’ son utilizados a modo de
cajón de sastre donde esconder la realidad. En Euskadi hubo terrorismo, hubo
violaciones de derechos humanos ligadas al antiterrorismo y otras por causa de
la dictadura. Fundir todo en una amalgama determina una lectura inevitablemente
falseadora, como es el caso del informe sobre ‘vulneraciones de derechos
humanos’ del viernes. Imaginemos que en un informe cuantitativo sobre
violaciones de derechos en la Francia ocupada formamos dos tablas simétricas,
una para ‘vulneraciones’ del ocupante nazi y otra similar de la Resistencia. ‘A
ciascuno il suo’, diría en cambio Pirandello. No se trata de ignorar el segundo
apartado, sino de ponderar los respectivos significados.
Además, en la medida que los cuatro ‘expertos’ dan las
cifras sin explicación alguna, evitando así toda crítica, hay que creerles por
acto de fe, sin las garantías que ofrecen Rogelio Alonso y Florencio Domínguez
en ‘Vidas rotas’. Una deficiencia condenable por consciente, lo mismo que el
olvido de las víctimas anunciadas, realmente existentes y cuantificables,
sometidas durante años a la amenaza de muerte por ETA. Cuestión más importante
que las penalidades de las familias de presos, por cierto equiparadas en el
informe a las de las víctimas de atentados mortales. Son dolores cuya
identificación es impresentable. Someter todo a un marcador tipo partido de
baloncesto entre ‘violaciones de derechos’ por ETA y por las FSE, o muertes
contra torturas, supone una consciente malformación de la memoria histórica. No
es cosa nueva. Ahí están las declaraciones de la entonces consejera Idoia
Mendia, cuando puso en práctica la máxima de que «aun cuando el origen sea
diferente, el final del sufrimiento es el mismo», por lo cual Txiki y Otaegi,
en vez de una lógica rehabilitación, habiendo sufrido la inhumana pena de
muerte, lo fueron como ‘víctimas de la violencia política’. Confusión total.
No se trata de eludir el examen de todas las
violaciones de derechos humanos, sino de evitar con ello el encubrimiento del
terror. Es una tarea necesaria, pero si queremos la verdad, y no un sucedáneo
de memoria histórica A.M.D.G. (a mayor gloria de Dios), que incluso celebren
quienes siguen glorificando a ETA, resulta imprescindible analizar lo que fue
la tela de araña extendida por ETA sobre la sociedad vasca, así como las
responsabilidades por acción y por inhibición de los gobiernos PSOE y PNV en
los peores años de plomo.
Volvamos al principio. En el ‘Informe Uriarte’, ETA
nunca es llamada organización terrorista. Solo en la periodización, se dice que
desarrolló «actividad terrorista» o «violencia terrorista». Luego todo se hace
invisible en la niebla de la ‘violencia’ de ambos signos. Los muertos fueron
víctimas de «ETA y otros grupos que han empleado la violencia». En suma,
amalgama y ocultación so capa de objetividad.
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