Fina
lluvia de odio
Por José
Miguel Fernández-Dols (3 junio, 2018).
Una
de las primeras películas en color realizadas por la empresa Afga
fue lo que hoy llamaríamos un spot
turístico de Berlín con motivo de las Olimpiadas de 1936. La
contemplación del paisaje urbano, en colores pastel, apenas es
perturbada por la abundancia de banderas en los primeros minutos.
Después la tónica dominante es una normalidad que, si no fuera por
lo que sabemos, resultaría atractiva. Los soldados hacen relevos de
guardia contemplados por los turistas, como se hace hoy en muchas
capitales europeas. Las familias pasean por el zoo. Unos jóvenes
toman el sol en la playa. La gente baila y toma cerveza. Quizás la
imagen más conmovedora es la de un hombre que toma en brazos a una
nena para bajar unas escaleras en Alexanderplatz. Uno se pregunta
qué sería de ellos pocos años después, mientras los ve perderse
en la lejanía.
Retrospectivamente
sabemos que en 1936 la violencia ya se había apoderado de Alemania.
La gente ya no hablaba con libertad, los niños eran adoctrinados
sobre quienes eran “auténticos” alemanes, la historia se estaba
reescribiendo. Debajo de los colores pastel del documental hay una
espiral de violencia que está empezando a ganar velocidad llevándose
por delante la sociedad civil y la democracia alemana.¿Por qué la
gente seguía bebiendo cerveza, tomando el sol y paseando a sus hijos
los domingos?
Fina lluvia de odio
La
respuesta, que debemos a uno de los grandes expertos en el estudio
psicológico del mal (Ervin Staub), es que la
violencia más destructiva para una sociedad no es un acontecimiento
aislado, por terrible que sea. Es un proceso, un continuo de
destrucción, que
comienza con un sistema de creencias que se traduce en una fina
lluvia de odio: hechos “banales”; pequeñas agresiones
psicológicas (por ejemplo, boicots, amenazas) o simbólicas (por
ejemplo, ridiculizaciones). Luego vandalismo o calumnias difundidas
en los medios sociales. A continuación agresiones físicas
puntuales, aparentes “peleas de muchachos”.
Finalmente
la fina lluvia da lugar a una tormenta devastadora que arrastra a
verdugos y víctimas: formas de coacción e intimidación física
que van adquiriendo una sistematicidad y peligrosidad potencialmente
letal.
El
proceso necesita un catalizador: la mirada complaciente, o el mirar
hacia otro lado de los que no protagonizan esos actos y la
indiferencia, la pasividad o la incompetencia de las autoridades
encargadas de proteger a las víctimas.
Daño
¿Cómo
es el daño que sufren las víctimas de este continuo de
destrucción? La pregunta es importante porque para que un
observador externo identifique tales hechos como violencia éste
tiene que inferir daño en la víctima e intención en el agresor.
Más
allá de la dimensión subjetiva de las intenciones del violento o
del sufrimiento de la víctima, John Stuart Mill, uno de los grandes
arquitectos de la concepción contemporánea de la democracia,
proporcionó una aproximación al daño más objetiva que además
explica por qué el continuo de destrucción es invisible en sus
primeras fases, y por qué puede destruir una sociedad.
En
Utilitarismo
Mill
señala dos causas de daño. Una de las causas de daño es
particularmente insidiosa y muy relevante para explicar las primeras
fases del continuo de destrucción: son aquellos actos en los que se
priva a una persona de aquello que le es debido por ley, privándola
de un bien físico o social que tenía esperanzas bien fundadas de
disfrutar.
Como
se ve, esa violencia por omisión es particularmente fácil de
ejercer y especialmente difícil de denunciar porque no se describe
a partir de hechos sino de expectativas, y porque las víctimas
suelen tener la tendencia, muy frecuente en los seres humanos, a
normalizar este tipo de situaciones para seguir viviendo.
Unos
pocos cristales rotos, una pintada que alienta a no comprar en una
tienda, un niño llorando porque lo han señalado como “impuro”.
El tendero carece de la protección que parecen tener otros
comerciantes y espera seguir vendiendo “cuando pase todo”. El
niño ha sido privado de algunos de sus derechos fundamentales como
niño y ser humano pero quiere seguir jugando.
Las
víctimas caen en una trampa: si denuncian se señalan todavía más,
creen que esos actos empiezan y acaban en sí mismos, esperan que la
gente se olvide de ellos, ¿cómo protagonizar individualmente una
denuncia grandilocuente de vulneración de derechos constitucionales
cuando eres un individuo del que nadie parece preocuparse?
Héroes contra la Constitución
Tal
situación de pasividad se agrava cuando los ciudadanos no son
conscientes de cuál es, en las democracias occidentales, la fuente
fundamental de lo que les “es debido” por parte de los demás
ciudadanos y las instituciones: su Constitución y las leyes que se
derivan de ésta.
La
ignorancia de esos derechos o la falta de confianza en las
autoridades encargadas de custodiarlos agravan su situación. La
insignificancia aparente de las privaciones de los bienes físicos o
sociales que esperaban recibir mantiene a las víctimas aisladas
entre sí, enfrentadas a unos verdugos que extraen su fuerza
precisamente de lo contrario, del sentimiento de que participar en
las agresiones les convierte en miembros de una hermandad
maravillosa, energética, heroica, que va a hacer su sociedad más
pura a través de un plan que lleva siglos gestándose, escrito en
los arcanos de la historia.
Si
el proceso descrito por el continuo de destrucción sigue sus pasos
naturales, algún día, sin previo aviso, empezarán las palizas o
los tiros en las piernas para culminar con las bombas lapa en el
coche (o en el pecho) y los tiros en la nuca. Y las víctimas
sufrirán la segunda definición de daño de Mill, más congruente
con lo que cotidianamente entendemos por violencia: el infligir
sufrimiento directo mediante actos ilegales.
Podría
argumentarse que los protagonistas de esos actos también se sienten
agredidos y por eso llevan a cabo tales acciones pero la definición
de Mill desnuda la falacia que encierra tal justificación.
Típicamente esos ciudadanos se deberían regir por la misma
Constitución que protege a sus víctimas pero justifican “lo que
les es debido” en supuestos principios que no son constitucionales
sino étnicos o identitarios. Lo que les es debido no está
escrito ni consensuado, ni siquiera entre ellos mismos. Solo dicta
claramente que deben ignorar su propia Constitución y privar a las
víctimas de lo que les es constitucionalmente debido. Y así
emprenden un camino destructivo, incluso para ellos mismos, en el
que conceptos vacíos como “raza” o “destino histórico”
sustituyen a las normas escritas, mientras son custodiados por unos
guardianes de la ortodoxia que, si lo creen necesario, no dudarán
en sacrificarlos para seguir avanzando hacia ninguna parte.
Un aviso
Este
artículo es un aviso desde la Psicología.
Es
difícil imaginar que, debajo de los colores pastel del documental
del Berlín de 1936 los verdugos voluntarios ya están ahí, entre
los que bailan o toman el sol.
Porque
no vemos al joven o al niño que, en algún lugar, se está
empapando lentamente de esa fina lluvia de odio que convierte la
sociedad que le rodea en una historia de buenos, dispuestos a
sacrificarse en nombre de los arcanos que la historia reserva para
sus elegidos, y de malos; ladrones, animales o meros obstáculos, a
los que primero se priva de su dignidad para luego ni siquiera
respetar su integridad física.
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