Respeto a la
mayoría
LUIS MARÍA ANSON (El Mundo: 02/04/2015).
En la España de la Monarquía de todos se puede ser
budista, se puede ser sintoísta, se puede ser mahometano, se puede ser judío,
se puede ser hinduista, se puede ser agnóstico, se puede ser ateo... y todos
esos sentimientos tienen garantizados el respeto dentro de la ley. Nadie duda
seriamente de que esto es así. Una de las claves de la democracia pluralista
plena es el respeto a las minorías.
En España todos los fines de semana acuden a los
templos católicos por encima de los 11 millones de personas, es decir un número
superior al que cada cuatro años vota al partido mayoritario. Nadie ha sido
capaz de reunir en España, ni de lejos, asistencias como las que se han
producido en reiteradas ocasiones en torno al Papa. A pesar de los más
pintorescos obstáculos administrativos, el 80% de los padres de familia
solicitan para sus hijos el estudio de la religión católica. Y las cifras
de atención religiosa en nacimientos y muertes mantienen porcentajes
abrumadores. Sin embargo, hay minorías excluyentes que pueden destrozar la
capilla de una Universidad señera con la complacencia de ciertas autoridades. Y
los despropósitos contra la Iglesia Católica, los improperios, las cicaterías,
las insidias y las calumnias son constantes. Si el respeto a las minorías
religiosas y a los que no creen constituye una de las bases de la democracia
ese respeto debe extenderse sin reticencias, claro es, a la mayoría religiosa que,
en España, corresponde abrumadoramente al catolicismo.
En los últimos días, algunos articulistas, ciertos
tertulianos, determinados comentaristas han proclamado como todos los años que
la Semana Santa se ha paganizado y que se debería modificar su nombre para
llamarla Fiesta de Primavera. Ciertamente, la prosperidad económica permite a
millones de ciudadanos desplazarse de su residencia habitual y disfrutar de
unos días de vacaciones. Pero eso no resulta incompatible con el ejercicio
religioso. La realidad de estos días es que los templos están repletos, que
en los oficios no cabe un alfiler y que en las procesiones participan
centenares de miles de nazarenos. Millones de fieles, aparte de turistas y
curiosos, abarrotan las calles en ciudades y pueblos de toda España para
contemplar los pasos tradicionales.
Negar todo esto es negar la evidencia. Tras los
oscuros años del nacional catolicismo y la dictadura, el sentimiento
religioso de los católicos se manifiesta ahora en España con libertad, sin
beaterías ni imposiciones. Y de forma firme y sin fisuras. Los profetas del
ocaso del sentimiento católico llevan muchos años haciendo el ridículo. Y lo
que les queda.
En los templos españoles, a la espera de la estación
clave del Vía Crucis que es la Resurrección, se escuchan estos días las
palabras más emotivas del Evangelio: «Triste está mi alma hasta la muerte.
Quedaos aquí y rezad conmigo». Dos milenios después, todavía se estremecen los
olivos dorados de Jerusalén ante la agonía del Cristo, del Hijo de Dios vivo,
de la palabra, del Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros. «Y su
afanoso sueño de sombras -remedando el verso del autor de La voz a ti debida-
será otra vez el retorno a esta corporeidad mortal y rosa donde el amor inventa
su infinito».
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